El 72% del planeta, algunos dicen el 80%, es agua, y sólo el 3% de ella es agua dulce, de la cual más de la mitad se gasta en labores agrícolas y pecuarias, quedando el 1% para uso directo del género humano. Según la ONU, cada persona necesita un mínimo de 50 litros diarios para satisfacer sus menesteres, y el consumo durante el siglo pasado aumentó 6 veces, más del doble de la tasa de crecimiento de la población.
Para producir un kilo de cereal se requieren tres mil litros de agua, para un kilo de carne bovina 15.000 litros y para un litro de bioetanol 4.000 litros. El agua es un bien común, y como tal debe ser compartida con equidad.
Cuando nos referimos al recurso agua dulce, la que contiene una cantidad mínima de sales, debemos diferenciar entre los dos grandes grupos, en que está repartida en el Planeta.
El primer grupo lo constituye el agua superficial, que es aquella que está en un cambio y en una renovación permanentes, que se inicia con la evaporación de la superficie de los mares y de los lagos, para convertirse en nubes, y luego, condensada, descender en forma de lluvia sobre la faz de la tierra, dando vida a la naturaleza. El agua superficial tiene un inmenso valor cuando es retenida en la altura, y dosificada posteriormente, en la medida en que lo exijan la agricultura planificada, y la generación de energía.
También pertenecen a este primer grupo las aguas ‘freáticas’, que son aquellas que están bajo tierra a menos de 30 metros de la superficie, y son renovables por la percolación permanente de las aguas superficiales.
El segundo grupo de agua dulce está conformado por los grandes depósitos de aguas subterráneas, 20 veces más abundantes que las superficiales, que al igual que el petróleo, yacen dentro de las capas de la tierra, desde hace millones de años. No son aguas renovables, y se agotan como el petróleo, en la medida en que son extraídas. Se denominan ‘aguas fósiles’, que tienen la tendencia a salinizarse cuando su nivel baja con la extracción, porque el agua marina trata de suplir ese nivel, filtrándose, por efecto de la ley de los vasos comunicantes.
Existen innumerables depósitos de agua fósil, llamados acuíferos. Sólo haré referencia a tres de ellos: el ‘Acuífero Guaraní’ en Suramérica, de un millón doscientos mil kilómetros cuadrados, repartidos bajo los suelos de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. Tiene reserva de agua calculada en 45.000 km3, que beneficia una población superior a 15 millones de habitantes. Su explotación sólo se está iniciando y reglamentando.
También es famoso el ‘Acuífero de Libia’, que está bajo el desierto del Sahara en Egipto y Libia, con una reserva de agua calculada de 150.000 km3. Desde 1991 el Coronel Gadaffi inició su explotación, con una extracción de 6.500.000 m3 diarios, llamada el nuevo río Nilo, para beneficio de las ciudades de Trípoli, Benghasi y otras del norte del país. Los científicos calculan que en 60 años estará agotado.
Ogallala es la denominación del depósito de agua fósil más famoso del mundo, en Estados Unidos. Abarca una extensión de más de 500.000 Km cuadrados, el área de medio Colombia. Desde 1940 le están extrayendo agua para irrigar 6.500.000 hectáreas de trigo, maíz, sorgo y soya. Según científicos norteamericanos, este acuífero estará agotado en 30 años, cuando la población de EE.UU. será de 510 millones de habitantes, que demandarán más alimentos.
El panorama es catastrófico, y los geólogos, ecólogos e hidrólogos, aún no tiene claridad de cuál será la solución. Sólo saben que el agua fósil se agotará antes que el combustible fósil.
Cuando escuchamos hablar de agua fósil, no renovable, pensamos que ese problema no nos atañe, y que la riqueza de agua superficial de nuestro país es será suficiente. Pero, apreciados amigos, en nuestro departamento ya empezamos a vivir el problema del agotamiento del agua fósil, y sus nocivas consecuencias. Las cifras, que a continuación les expongo fueron tomadas del Informe de Asocaña del año pasado.
En el valle geográfico del río Cauca, hay una plantación de 204.000 hectáreas de caña de las cuales 88.680 producen 1.184.000 toneladas de azúcar que abastecen todo el mercado nacional, 23.660 hectáreas producen los 274 millones de litros de etanol que consumimos actualmente y 92.200 hectáreas, casi la mitad del total, producen 1.231.000 toneladas de azúcar que no necesita el país, y que deben exportarse a precio internacional, con una inmensa pérdida que asumimos los colombianos, pagando por la nuestra un sobreprecio obligado.
El quintal de exportación lo venden a $24.000, y el que consumimos en Colombia debemos pagarlo a $50.000, más del doble. Pero este es un problema económico y social que no nos corresponde tratar en este foro.
Las plantaciones de caña de azúcar, cada día más extensas, obligaron, ante la insuficiencia de agua superficial, a la extracción de agua subterránea, con pozos cada día más profundos, que llegaron al nivel de las aguas fósiles, no renovables y susceptibles de convertirse en salinas, como en realidad está sucediendo, según lo demuestran los parches de caña caída que vemos desde el aire cuando llegamos al aeropuerto de Matecaña.
Los científicos del CIAT afirman que si continuamos bajando el nivel freático con la extracción de agua fósil, en 20 ó 30 años, habremos convertido nuestro lindo Valle en un desierto estéril.
No es mi intención mortificar a mis apreciados amigos industriales del azúcar, que han luchado con denuedo por el desarrollo de nuestra región.
Es fácil criticar, pero toda crítica constructiva debe acompañarse con alguna solución posible. ¿Cuál sería la solución para evitar, o reducir el consumo de agua fósil, no renovable? Sustituyéndola por agua superficial. ¿Cómo? Aprovechando la que se pierde en épocas de lluvia, y que tantos destrozos causa a los pueblos y a los cultivos. ¿Cómo? Reforestando en forma masiva las cuencas hidrográficas, y construyendo reservorios intraprediales. Por ejemplo, si tengo 100 hectáreas para cultivar, debo destinar para reservorio de agua el porcentaje necesario, que me garantice el riego de las que siembro y no sembrando tierras que exijan irrigación con agua fósil.
Esta técnica de los reservorios intraprediales está revolucionando la agricultura en Brasil, Uruguay y Argentina, porque proporcionan la ventaja adicional de hacer las siembras en la fecha oportuna, no dependiendo de las épocas inciertas de las lluvias, para lograr que el primordio de las plantas tenga lugar en los días de mayor luminosidad, como lo exigen las normas de la agricultura moderna, con el fin de obtener cosechas más abundantes.
En Colombia, tenemos el dinero y la facilidad de construir esos ‘reservorios intraprediales’, con la generosa financiación que nos brinda el actual gobierno, con su programa de ‘Agro Ingreso Seguro’.
Si estas reflexiones sencillas, sinceras y desprovistas de interés personal, llegaren a provocar alguna controversia a nivel académico, pensaría que cumplí con mi propósito, pues la confrontación de las ideas, es el mejor camino para encontrar la verdad.
* Apartes de la intervención realizada por el autor en el
pasado Encuentro de la Confraternidad Médica.
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