“Soy un intelectual que se ha portado como un político”

Publicado: 11 mayo, 2012

José Antonio Ocampo GaviriaA pesar de su renuncia como candidato a la Presidencia del Banco Mundial, José Antonio Ocampo Gaviria sigue siendo el colombiano que más lejos ha llegado en las instancias de la economía mundial. Un vallecaucano ejemplar.

José Antonio Ocampo Gaviria llegó a ser calificado por los medios de comunicación como el más universal de los economistas colombianos. Y es que la verdad sea dicha, este caleño ha escalado alto.

Mucho antes de su candidatura a presidir el Banco Mundial, con la que su nombre volvió a ser noticia, en su hoja de vida ya había constancia de su trayectoria y reputación por el nivel de los cargos ocupados.

Fue Secretario General Adjunto para Asuntos Económicos y Sociales de la ONU (el más alto cargo ocupado por un colombiano en la organización internacional), Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe -Cepal, Ministro de Hacienda y Agricultura y Director del Departamento de Planeación Nacional. También fue Director de Fedesarrollo y del Centro de Estudios de Desarrollo Económico –Cede, de la Universidad de Los Andes.

“Lo primero que hago cuando llego al aeropuerto es buscar chontaduros. Extraño también el aborrajado, el jugo de lulo y por supuesto, el sancocho. De toda esa época le quedan a uno los sabores de los jugos, porque la variedad de las frutas es una de las cosas maravillosas de Colombia”.
Hoja de vida
Nació el 20 de diciembre de 1952 en Cali.
En esta ciudad estudió en el Colegio Berchmans
Se graduó de economista y sociólogo de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos) en 1972.
En 1976 se doctoró en economía en la Universidad de Yale a la edad de 23 años.
Tiene tres hijos de dos matrimonios.
Está casado con Ana Lucía Lalinde.
Vive en Nueva York
Es profesor del School of International and Public Affairs de la Universidad de Columbia

A lo largo de su carrera profesional ha alcanzado diferentes distinciones: Ejecutivo del año, otorgada por la Cámara Junior de Bogotá; Premio Nacional de Ciencia, Alejandro Ángel Escobar; miembro de número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y de la Academia Colombiana de Historia. También recibió en 1997 la Orden de Boyacá en el grado de Gran Cruz.

Pasada la polémica en torno de su candidatura, la revista ACCION lo contactó para conocer una faceta distinta de este vallecaucano que si bien hace muchos años no vive en el país, aún guarda recuerdos de su niñez y de una ciudad que, como él rememora, “se acababa en la Avenida Roosevelt”.

Usted ha construido una importante carrera en el sector público y en la academia. ¿Cuál ha sido más gratificante?
En realidad, lo más gratificante ha sido la mezcla de las dos. Si me tuviera que definir, lo haría como un intelectual que se ha portado como un político. Mi vida de intelectual no hubiera sido la misma si no hubiera tenido esa experiencia política que valoro muchísimo, incluso para entender el límite de los intelectuales. Cuando los intelectuales sólo han hecho un trabajo académico tienden a sentir un desprecio por las otras formas de conocimiento que no sean las suyas. El conocimiento que da la vida empresarial, la política, la de trabajador, es un conocimiento diferente, pero no por eso, menos importante.

¿Esa mezcla que usted valora es lo que quizás se requiere para formar más líderes que impulsen el desarrollo de un país?
No. Creo que la mezcla es buena, pero no es para todos. Hay mucha gente que pasa de la vida académica al gobierno y después nunca regresa, sino que va a otro sector. Yo siempre he regresado a la academia después de mis ocupaciones públicas, pero porque tengo una fuerte afición por el conocimiento.

¿Volvería a la política?
Sí, si se diera una buena oportunidad, pues los años de vida pública fueron de un crecimiento impresionante.

Lleva muchos años viviendo fuera del país. ¿Planea regresar algún día a Colombia?
Por supuesto que regresaré. No quiero pasar mi viejez en Estados Unidos. Como migrante que terminé siendo, mis hijos pasaron por tres sistemas educativos. Por esa razón, estrictamente familiares, me he quedado más tiempo del planeado en Estados Unidos.

Yo digo que una de las grandes ventajas del intelectual es que tiene trabajo para siempre, hasta que se muera, porque el conocimiento no tiene límites y uno cada vez encuentra más cosas interesantes qué investigar, qué estudiar. Seguiré escribiendo cuando esté viejito. Obviamente mi familia sí terminará regada por el mundo. Mi familia será una de tantas familias de la globalización.

Su niñez la vivió en Cali ¿Qué recuerdos guarda de la Cali de esa época?
Tengo un recuerdo hermoso; caminando hasta los límites de Cali: yo vivía por la Avenida Roosevelt y al caminar a lo largo de ella, casi llegando por los lados del Gimnasio, del Estadio, me topaba con el fin de Cali. Eso era posible.

Recuerdo mucho pasear por esa Avenida con un año viejo o las guerras de bombas de agua del 7 de diciembre. Afortunadamente se acabaron porque eran poco civilizadas.

No era muy travieso, pero con Gabriel Carrasquilla, después de las fiestas, nos íbamos a tomar caldo a las seis de la mañana por la que en ese entonces era la Carrera 15. También íbamos a rumbear a diferentes sitios, pero no recuerdo bien cuáles porque cuando se inventaron la Calle 5 me cambiaron muchas direcciones de esa época.

Algo que también recuerdo con especial cariño eran los Juegos Panamericanos de 1971; a mi papá le dieron pases y yo me la pasaba en los Juegos. Fue una época maravillosa. También recuerdo con cierto horror que uno tenía que ir a las fiestas con corbata. Con ese clima, eso era una aberración. Afortunadamente la civilización llegó.

También en una finca en Potrerito, Jamundí, pasábamos todas las vacaciones. Pescando, montando a caballo y leyendo, porque mi mamá me fomentaba mucho la lectura y desde niño fui muy buen lector.

¿Qué leía?
Al final me incliné mucho por el existencialismo: Albert Camus, Jean Paul Sartre. Uno que me gustó mucho fue Curzio Malaparte. Leía mucha más literatura de la que leo hoy. La vida no me ha alcanzado para leer más literatura como me gustaría, entre otras razones porque me volví aficionado a la historia.

Mi educación de colegio la recuerdo con gran cariño. No toda, porque por lo menos de historia no recuerdo nada. Me enseñaron mal la historia, pero la formación matemática, física, química y la filosofía fueron excelentes. El curso de historia de la filosofía del padre Gutiérrez fue una experiencia única para mí. Una de las cosas que aprendí en el colegio, que más me han servido en la vida, es escribir. Cuando llegué a Estados Unidos tenía que escribir un ensayo para cada clase, por eso valoro mucho lo que aprendí en mi primaria.

Y para la salsa ¿qué tal?
Soy un buen bailador. Dan buen testimonio quienes me han visto bailar. Y es que en esa época, una de las cosas importantes en la vida era saber bailar. Eso sí, aprendí a punta de práctica.

¿Qué sigue ahora para su vida? Si le proponen venir a trabajar a Colombia lo haría?
Depende. Hay gente que me ha lanzado ideas, pero mis hijos están en la universidad y me interesa esperar que ellos terminen sus estudios. Además, toda mi vida me he dedicado a trabajar honestamente y no en actividades muy rentables. Por esa razón necesito trabajar. Yo soy proletario, vivo del trabajo.

No le resulta curioso que su hermano (Alfonso Ocampo Gaviria) haya sido elegido recientemente empresario del año y que usted haya sido candidato a ocupar la Presidencia del Banco Mundial?
Por todo eso hay que felicitar a mi papá y a mi mamá. Hicieron un muy buen trabajo con sus hijos.

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