El fin del delirio

El fin del delirio

6 ene 2016

La década entre los años 2002 y 2012 fue buena en materia económica para América Latina. Según datos de la Cepal, el porcentaje de personas pobres en la región se redujo de un 42,9% (225 millones de individuos) a un 28,1% (164 millones). Poco importaron la inclinación ideológica o seriedad de los gobiernos de turno o la calidad de sus políticas públicas, el aumento en las cotizaciones de las materias primas (el índice de precios de los ‘commodities’ de la revista The Economist se triplicó en ese lapso) impulsó un crecimiento generalizado, con matices según la incidencia de estos productos en la ‘torta’ económica de cada país.

La contracara de este ciclo de prosperidad, de raíces exógenas, fue el surgimiento de movimientos de izquierda populistas de corte autocrático, con tonalidades nacionales, pero ambiciones continentales, que en muchos países alcanzaron el poder y, en la mayoría de ellos, aún lo detentan. No es de extrañar que el arquetipo y luego fuente de inspiración (y financiación) de esos movimientos haya sido el país más rico en dotación de recursos naturales por habitante de la región. El ascenso y ocaso de la Venezuela de Chávez, resultan paradigmáticos de la perspicaz observación de Marx según la cual la economía condiciona la política y la historia.

Chávez fue elegido por sólida mayoría como alternativa a un régimen democrático bipartidista desprestigiado —como tantos— por acusaciones de corrupción e incompetencia, pero sobre todo, por el inexorable declive de casi 20 años del precio del crudo, lubricante indispensable del bienestar y la paz social en el país vecino, desde su pico de US$116 por barril (a precios de hoy) en 1980. Es sorprendente constatar que la elección de Chávez coincidió perfectamente con el punto más bajo de cotización del petróleo en 42 años —US$16 en 1998-.

El que había iniciado como un gobierno de centro-izquierda y de un populismo atenuado, en la línea del de Lula en Brasil, pronto se radicalizó, aupado en un precio del petróleo que se triplicó en menos de dos años (US$47 a fines de 2000). A la euforia, excentricidad y osadía de los primeros años del gobierno chavista, las siguieron el desenfreno y la insania cuando, tras un breve receso en 2001 fruto de los atentados a las Torres Gemelas, el crudo siguió un ciclo ascendente imparable que lo ubicó en un máximo histórico de US$144 a mediados de 2008 y lo mantuvo en torno a los US$100 por 6 años más. Los logros sociales de la “revolución bolivariana”, así como su irradiación internacional, no fueron mucho más que las consecuencias de la fría aritmética de repartición de una bonanza petrolera irrepetible.

El péndulo político latinoamericano comenzó a retornar a la cordura desde mediados del año pasado con el quiebre en el auge de los ‘commodities’. Con el derrumbe del petróleo a sus niveles de enero de 2000, el régimen chavista se desmorona entre la tragedia y la farsa. Curiosamente, la soya comenzó a caer antes que el petróleo. La década larga de los Kirchner en el poder coincidió con el ascenso del precio de esta oleaginosa de US$160 por tonelada en 2002 (su precio más bajo desde los sesenta) a US$615 en 2012. A partir de mayo de 2014 se comenzó a desplomar, pasando de US$546 a US$312 al momento de la elección de Macri. Quizás porque la soya pesa mucho menos en la economía argentina que el crudo en la venezolana, la ‘revolución K’ fue siempre menos delirante que su versión caribeña.

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