Los peligros de la excelencia

En los ambientes competitivos es común que las personas defiendan su manera de actuar, pero es vital que cada miembro de un equipo comprenda que las visiones disímiles son un catalizador de buenas ideas. Por: Juan José Lopera Presidente de Disitraining jjlopera@disitraining.com Comienzo mis talleres sobre trabajo en equipo preguntando: ¿Cuál creen ustedes que es la causa más frecuente de conflictos y dificultades en los equipos de trabajo? Entusiasmados, los participantes lanzan respuestas, todas acertadas. Yo las escribo en el tablero y al cabo de unos minutos, luego de tener de 10 a 15 respuestas escritas, los confronto. De nuevo nadie acertó. La causa más frecuente es querer hacerlo bien, “a mi manera”. En general, todos queremos hacer bien las cosas, a menos de que tengamos estructura de parásito y desvergonzadamente recarguemos a nuestros compañeros con el peso de las responsabilidades y tareas que a nosotros nos corresponden, lo cual supone una pérdida intrínseca de la propia dignidad y no es tan frecuente como parece. Detrás de nuestros actos, y de nuestros errores, existe una motivación y una intención positiva. Podemos servir a intereses evidentes, superficiales o más profundos y no visibles o comprensibles de primera mano, pero nuestra intención sigue siendo positiva. Sirve a alguna necesidad. Sobre esto hablaremos en otra ocasión.
Que tu compromiso con la excelencia integre y potencie el compromiso y la entrega de tus compañeros.
Ahora nos concentraremos en los conflictos que genera ese celo por querer hacer bien las cosas “a mi manera”. Allí está la clave. He observado esta situación con mayor fuerza en equipos de trabajo compuestos por personas excelentes en lo que hacen, con gran experiencia y pergaminos a nivel de capacitación, con referentes sólidos. En esos ambientes son más fuertes las resistencias y más intensa la competencia por tener la razón para hacer bien las cosas. Si comenzamos por reconocer que queremos hacerlo todo bien aun cuando nos equivocamos, que nuestro compañero o compañera también quiere hacerlo bien “a su manera” y que nuestras visiones pueden ser complementarias o, en la sana confrontación, revelar una visión o una estrategia común óptima, entenderemos la discrepancia como alimento del aprendizaje, combustible de innovación y valor agregado de gran importancia. Además, comprenderemos que la dirección del esfuerzo común y del logro compartido, a la larga, será mejor para todos que la simple suma excluyente de esfuerzos individuales. Cuando podemos mirar al otro y conocer su intención, acciones, comportamientos y aportes desde la mirada flexible que es capaz de interrogar los propios paradigmas, obtendremos como resultado inmediato el detenimiento del forcejeo o la competencia por tener la razón. Esa energía que normalmente se pierde en la fricción de la desavenencia y la interpretación paranoide de los actos del otro, queda disponible para la acción eficaz. Otro impacto inmediato es el aumento en el nivel de bienestar individual y grupal al interior del equipo de trabajo. Se fortalecen también la solidaridad y la confianza y ese fortalecimiento influye directamente en la calidad de la comunicación que se vuelve más directa, menos defensiva y reactiva. Al reconocer la propia intencionalidad y la bondad en la intención del otro y encontrar terreno común o una visión compartida, la motivación aumenta y la eficiencia operativa también mejora. Se observa entonces una cadena de refuerzo positivo en la que bucles causales se alimentan proactivamente desde el simple reconocimiento de la buena intención en nosotros y en los demás y desde el compromiso de cada uno para dar lo mejor de nuestras capacidades y apoyar solidariamente las dificultades. En este contexto la crítica se entiende como la mirada sensible que busca encontrar las oportunidades que la actividad cotidiana ofrece para mejorar. Así desaparecen la reactividad y la sensación de persecución que surge desde una mirada que considera que solamente su propia manera de comprender y actuar es correcta. Esa flexibilidad paradigmática, enfocada en la buena intención, es una de las claves más certeras de la armonía y eficiencia operativa de los equipos de trabajo. Que tu compromiso con la excelencia integre y potencie el compromiso y la entrega de tus compañeros, que se valoren abiertamente sus aportes y se genere un contexto de continuo aprendizaje.
Ejercicio práctico

Observa tus rigideces paradigmáticas. Determina qué sucede en tu cuerpo, en tus emociones y en tu mente cuando se te contradice o cuando encuentras algo “mal hecho”. Piensa en cómo escuchas en los diálogos discrepantes. Observa qué sucede si antes de comenzar a hablar para aclarar las cosas tratas de enfocarte en comprender cómo lo sucedido es la mejor manera de hacerlo desde el punto de vista de quien lo provocó.