Miki CaleroFormular proyectos incluyentes para los miles de desplazados que hoy habitan la capital del Valle es un reto que deben acometer los gobernantes actuales. Sin embargo, cada caleño es responsable de aportar a la recuperación del civismo que una vez nos caracterizó. POR: Miki Calero Los que nacimos y crecimos en esta ciudad, como también lo hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, tenemos muchas razones para querer a Cali. Nacimos oliendo a pandebono y a mazamorra, con la brisa de la sexta, viendo películas en los teatros Aristi, el Cid o el Bolívar. Prácticamente tomamos tetero de champús y el sabor del sancocho está incorporado en nuestra memoria genética. Para ir al río Pance teníamos que coger bus o chiva intermunicipal y llegar por una carretera destapada, caminando muchos kilómetros. Los colegios más alejados quedaban en la frontera sur, que solo llegaban hasta el Colombo Británico que en esa época estaba ubicado donde actualmente todavía funciona el Motel Meléndez porque el barrio el Limonar todavía no existía. Ir a comer tortas al Rincón de la Abuela o comprar los ‘longplays’ donde Cardona Hnos. al único centro comercial del norte, en Versalles, y ver a las chicas era un programa infaltable. Escuchar conciertos organizados por Charlie Duque del naciente rocanrol interpretado por grupos como Arcoíris, Ancora, Hydra o Expreso Del Oeste en el teatro San Fernando era algo maravilloso. En fin, son tantas razones para vivir enamorados de nuestra Cali Hermosa. Ahora esta es una ciudad con muchísimos habitantes que ni siquiera nacieron aquí, miles de desplazados por el conflicto armado que han llegado del Pacífico y el sur del país, que no tienen esa memoria que les permita tener una identidad de ciudad. Vienen con otras costumbres y otra cultura a tratar de encontrar un espacio, esa es una realidad que tenemos que entender. Muchos se adaptan y adoptan a Cali aportando al civismo colectivo, como el finado Jairo Varela que llegó del Chocó o el Grupo Herencia de Timbiquí del Cauca… ellos le han cantado con amor a la sultana del Valle. Pero hay miles que no tienen oportunidades, personas marginadas que terminan engrosando la miseria y la inseguridad. Ese es el desafio de los gobernantes de turno: generar proyectos incluyentes para que todas estas personas entren a formar parte del grupo de los que amamos nuestra capital y vemos cómo está volviendo a florecer un civismo que fue característico de tiempos añejos. ¿Cómo mantener y aumentar este civismo y volver a caracterizarnos por ser la primera ciudad cívica de Colombia? Eso no solo es tarea del gobierno o las fundaciones, es tarea de cada uno de nosotros. Tenemos la responsabilidad de contagiar a los de nuestro entorno !Qué viva Cali, Ciudad de las Aguas!.