Reforma Tributaria de 2014: anticipo de otras para 2015 y 2016

Siguen ahondándose las razones para la incertidumbre fiscal del país hacia los años próximos: una nueva reforma (ley 1739 de 2014) que resulta inconducente, inconveniente, contraria a las bases de producción, lesiva a los intereses de empresarios y empleados, productora de mayores complicaciones al proceso tributario, castigo al ahorro (“impuesto a la riqueza”) y espanto a los inversionistas nacionales y sobre todo a los internacionales, explicada solo por la imprevisión y la inmediatez. La opción para llenar las arcas y tapar las diferencias no es la generación de más impuestos a quienes ya los pagan. Es sí, en cambio, buscar recaudarlos de los que ahora se esconden de ellos. Para esto se necesitan voluntad política y decisión administrativa que bien pueden apoyarse en la Fuerza Pública si es del caso. Hablamos de la evasión y del contrabando, magníficas fuentes para el logro de ingentes y elevadísimos recaudos. De otro lado están las imperdonables venas rotas del despilfarro y la corrupción: taponándolas se evita la fuga de fondos que podrán llevarse a la atención de reales necesidades generales. Recorte del gasto en publicidad, gratificaciones, cuotas para comprar silencios y no oposiciones, excesos administrativos. Al tiempo se requieren una Fiscalía y unos Jueces implacables, insobornables, eficientes y rectos. Nada de esto es imposible: la tarea es de todos, y basta saber que el ansia es general. Se requiere tomar la bandera y llevarla en lo más alto del alma para que sea vista por quienes están hartos de las inequidades, el populismo, las componendas, la impunidad, la lentitud cómplice en las investigaciones, la inestabilidad en las reglas de juego tributario, la vergonzosa atonía porque la solución se ve difícil y a largo plazo … No esperemos el nacimiento de un Mesías. Hagamos todos la tarea, cada cual desde su escenario y para su área. Sumemos. Elevemos la voz de protesta y de advertencia hacia unas medidas que aumentarán el nivel de incertidumbre empresarial, reforzarán de manera peligrosa la sensación de inseguridad e inestabilidad tributarias, desestimularán la generación de riqueza y de empleo, y empujarán por contra la evasión y la intención de informalidad. En manera alguna es cierto que una reforma de ese tipo fuera inaplazable. Lo que en cambio no admite más largas es la decisión de frenar los excesos; de dejar de estar buscando la entrada a clubes que como el de la OCDE corresponden a un segmento diferente al de nuestra Colombia, al que además no es necesario y menos imperativo ingresar pues llevarían a imposibles niveles de tributación (34,6% del PIB es lo deseado por ese organismo para ingresos tributarios promedio, cuando Colombia soporta hoy un 14,5%). Se impone racionalizar el gasto; atacar de manera férrea y gregaria las plagas que tanto censuramos pero que volvemos propias con el silencio y el olvido; hacer un verdadero revolcón tributario para ajustar las bases, simplificar los procedimientos, facilitar el cumplimiento y hacer claro el panorama negocial: es ésta la tan mentada “reforma estructural”, que se pregona tanto como el control a la evasión pero que nada que se avoca. La lista es larga pero no por ello imposible. Lo que sí es cierto es que entre más demoremos en iniciar su ejecución, más difícil será el logro de los resultados y más largo el tiempo para verlos. ¡Empecemos !