Todos ponen Todos ganan

Las alianzas colaborativas para que la academia apalanque procesos de innovación en el sector privado demuestran que la investigación sí da réditos tangibles. La Universidad de Stanford, ícono de innovación a nivel mundial, inspiró a la Universidad Javeriana de Cali a crear un programa basado en ese concepto en 2007, cuando el término no hacía parte de la mentalidad colombiana. La iniciativa les permitía a los estudiantes colaborar directamente en proyectos con alumnos de esa alma mater o de cualquier otra universidad que hacía parte de la Red Sugar, que congrega estudiantes de diferentes disciplinas y los reta a resolver problemas del mundo real. Este es uno de los antecedentes de una ola de colaboraciones entre universidades y empresas que han demostrado que el conocimiento desarrollado en las aulas también es útil fuera de ellas. Guiados por la metodología del design thinking, en los últimos ocho años la Javeriana ha ejecutado más de 20 proyectos con empresas de múltiples sectores económicos, entre los que figura Totto. Su alianza inició en 2013 con el propósito de desarrollar un nuevo producto y el próximo año el equipo interdisciplinario de esta universidad, Stanford y la Universidad de Swinburne (Australia) presentará el resultado. Según Juan Pablo García Cifuentes, director Innovación Red Sugar de la Javeriana, “esta colaboración les brinda a él y a sus estudiantes la posibilidad de ayudar a la empresa colombiana a innovar mediante una metodología validada a nivel mundial y utilizada por las compañías más innovadoras del mundo”. Además, les posibilita su internacionalización. De hecho, están catalogados por el Consejo Nacional de Acreditación (CNA) como la mejor práctica de internacionalización en las universidades del país. Felipe Quintero, director de Innovación de Totto, recalca por su parte que las empresas deberían invertir en programas de innovación porque logran un gran impacto en el país y traspasan fronteras. Y pone sobre la mesa una importante carta en este juego: el beneficio mutuo. Una necesidad, una solución Gustavo Bolaños, profesor titular de la Escuela de Ingeniería Química de la Universidad del Valle, coincide en que estas alianzas parten de una necesidad empresarial que las instituciones académicas pueden resolver en excelentes condiciones de tiempos, costos y tecnología. En su caso, contactaron a Epsa para presentarle una tecnología que estaban desarrollando y que era de su total interés, como retribución solicitaron su apoyo para continuar investigando. Así se selló el trato. En la Univalle se diseñó una tecnología para destruir aceites de transformadores contaminados con unas sustancias llamadas PCB (bifenilos policlorados) de manera segura. En vista de que el sector eléctrico es el más afectado por este problema, le explicaron a la electrificadora cómo funcionaba y esta decidió apoyarlos con el montaje de un laboratorio en el que se llevará a cabo esa tarea. Además, les ayudará a refinar la tecnología, que obtuvo la Patente de Oxidación Supercrítica de PCB y cuenta con el aval en Brasil, Estados Unidos y China. La inversión por parte de Epsa fue de $874 millones, la de Univalle alcanzó los $180 millones. La universidad aporta el espacio físico, la administración, la contratación, la verificación de los diseños y el talento humano altamente calificado requerido para el desarrollo científico. En este caso, por ejemplo, se vincularon a la iniciativa el profesor Bolaños, dos estudiantes de doctorado y dos profesionales en ingeniería pertenecientes a la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación. La empresa, por su parte, aporta profesionales que se encargan de la verificación del avance del proyecto. La primera fase de la iniciativa, que fue abrir el laboratorio en el que Epsa puede hacer el análisis de aceites dieléctricos usados en los transformadores que tienen presencia de PCB sin tener que recurrir a instituciones internacionales ni grandes costos, ya se puso en marcha. Ahora trabajan conjuntamente en la construcción de una planta piloto en la que se podrán destruir esos aceites de forma segura, y contarán con el apoyo financiero del Ministerio del Medio Ambiente y de Emcali. Un tema de confianza En este modelo también ha sido fundamental la construcción de lazos de confianza que no limitan los proyectos a interacciones momentáneas, sino que fortalecen alianzas a largo plazo. Este aspecto fue vital en el desarrollo de una unidad de monitoreo de espectro radioeléctrico a partir de tecnologías costo-efectivas y software abierto, que la Universidad Icesi adelantó para TES América. Andrés Navarro, director del Grupo de Investigación i2t del departamento TIC de Icesi asegura que el éxito en proyectos pequeños sentó las bases para esta iniciativa de mayor calado. Aparte del factor económico, afirma que “lo gratificante fue que cada quien aportó lo suyo: la universidad, su capacidad investigativa, y la empresa, su experiencia con el mercado y los conocimientos técnicos. Compartieron el riesgo y hoy se cuenta con un sistema que le permite a la compañía aumentar su oferta”. En ese sentido Daniel Rosas, presidente y CEO de TES Américas, recalca que los grupos de investigación son de gran importancia para su negocio, que desarrolla e integra tecnología. “Ni la universidad quiere meterse en los negocios, ni TES en la academia –enfatiza-. La primera tiene la propiedad intelectual y la empresa, los derechos de explotación. Dependiendo de cada caso se acuerdan unas regalías. Uno de los factores que rescato de la colaboración es que la universidad siempre tuvo claro el rol de cada parte”. Según Guillermo Montoya, jefe del Departamento de Ciencias Farmacéuticas de la Universidad Icesi y quien dirigió un proyecto con la compañía Hugo Restrepo y Cia S.A., la conclusión es clara: estos modelos colaborativos seguirán siendo viables en la medida en que las empresas tengan visión y estén conscientes de que para crecer hay que innovar.