Un voto cauto

Un voto cauto

2 oct 2016

Hoy saldré a votar el plebiscito. No lo haré con la indignación y desconfianza de algunos, pero tampoco con el alborozo y entusiasmo de otros. No encuentro argumentos razonables para pensar que estemos ante la disyuntiva que muchos pintan de hecatombe o redención; de Venezuela o Dinamarca.

Reconozco, por supuesto, el valor de sustraer varios miles de fusiles del entramado violento que ha azotado por décadas a vastas zonas de Colombia; pero es un hecho que la inmensa mayoría de homicidios y crímenes en el país poco o nada tienen que ver con las Farc. Sin desconocer los riesgos por disidencias, mutaciones, sustitución de actores, entre otros, apostaría a que el tratado contribuirá a reducir los niveles de violencia en los próximos 10 años; aunque estas mejoras serán relativamente marginales frente a las de los últimos 15 (matemáticamente irrepetibles por demás). Seguiremos, por el futuro previsible, siendo un país muy violento.

Creo que en el mediano y largo plazo el acuerdo traerá beneficios económicos para el país, pero no al son de las cuentas alegres que pululan en los medios (las de Naciones Unidas, que postulan que el PIB colombiano crecerá al doble de su tasa histórica (8% vs. 4%), las más disparatadas de todas). Las oportunidades económicas del post-acuerdo se concentran en zonas rurales que escasamente abrigan el 15% de la producción nacional. De darse allí las predicciones de Naciones Unidas, el impacto sobre el PIB total sería en torno a +0,5% anual, nada despreciable, pero tampoco un salto cualitativo.

No obstante, es quizás en este frente que los efectos de largo plazo del acuerdo son más inciertos, pues aunque la ‘Reforma Rural Integral’ es prolífica en buenas intenciones y en loables medidas restaurativas hacia los campesinos, que han sido las principales víctimas del conflicto, dista mucho de ser una estrategia de desarrollo moderna para llevar prosperidad al campo colombiano. La obsesión con la economía minifundista (que por supuesto debe tener su espacio), y la propiedad de la tierra (que es imperativo organizar), corre el riesgo desviar la atención de factores determinantes de la productividad agropecuaria, la verdadera palanca para redimir las zonas rurales y cerrar la brecha con las urbanas.

No me hago ilusiones sobre las Farc y sus líderes, criminales de la peor pelambre—incluso en un país pletórico en el género—y portadores de una ideología en bancarrota. Tras la caída del muro de Berlín y la Constitución del 91 (ese sí el momento político decisivo de la Colombia contemporánea), cada día han sido más delincuentes de a pie y menos ‘revolucionarios’. Pero reconozco lo arduo, sangriento y costoso que ha sido intentar doblegarlos por fuerza de la Ley (y otros artilugios menos sanctos). Y, francamente, los prefiero mamertos y congresistas que mamertos y terroristas. Sus ideas, por anquilosadas y erróneas, caben dentro de la carpa amplia de la democracia, y es allí, y sólo allí, donde podrán ser finalmente derrotadas. Les auguro un nimio futuro político.

El triunfo del Sí difícilmente transformará en forma radical a Colombia en uno u otro sentido. Aspiro, sí, a que nos ayude a ser un país un poco más normal. Y a que despeje la bruma que el proceso de los últimos años de alguna manera ha esparcido sobre otros problemas y desafíos, algunos quizás más ingentes, que impiden la posibilidad de consolidar una sociedad próspera y armónica.

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